
Hoy es el cumple #1 de Penny Lane y no puedo negar que la vida me ha cambiado radicalmente desde que llegó.
La conocí por ahí de marzo, pequeñísima, con orejas más grandes de las que podía soportar su cabecita y empecé a considerar si debía comprarla o no.
Ha sido difícil tener un perro pero todo lo que ellos dan es increíblemente satisfactorio. Además de ser caro por todos los destrozos que me hizo cuando cacharra (y el camarazo, grrr) pero igual, sigue sin compararse al cariño que siento por ella.
Ni siquiera puedo salir de vacaciones porque no la dejaría con nadie (además, el hotel donde la quería dejar ya estaba lleno). Penny es como si fuera una hijita para mí y cuando salgo y me tardo horas o regreso al día siguiente, mi preocupación alcanza proporciones psicóticas. Jejeje.
A veces me vuelve loca cuando estoy trabajando, hace imposible la concentración porque ella está corriendo por todos lados o mirándome fijamente. O me obliga a que la lleve al parque o a dar la vuelta y así esté muriéndome de gripa, como en estos días, ahí voy dejándome arrastrar por ella.
El gran romance que vivimos es pocamadre, yo sé que soy el mundo entero para ella y puedo decir lo mismo. Aunque disfruto vivir sola y todo, hay veces en que no se siente tan bien y ella aliviana esos momentos.
Me encanta descubrir su personalidad y lo que se puede moldear. Eso sí, pese a que el condicionamiento operante de BF Skinner dice una cosa, parece que la condicionada soy yo. Penny no es perfecta, pero la convivencia con ella es tan linda que lo vale.
Sé que es cursi tanto rollo por un cabrón perro, pero la verdad ha transformado todo y me ha servido tanto esta responsabilidad de cuatro patas, que yo sólo puedo recomendar algo así.
Larga vida a la cacharra!