En una clase exprés de psicoanálisis, podemos saber que el aparato psíquico, como lo concibió Freud, se divide en tres instancias: superyó, yo y ello.
En español, sólo nos indica que nos movemos bajo ciertas dimensiones de la psique, el superyó es pepe grillo, eso que nos frena de los impulsos y deseos que nos genera el ello, que es primitivo y animal. El yo es la parte más conocida del ser humano, lo que nos conecta con la realidad y nos media entre lo que deseamos y nos prohibimos para poder obtener un balance satisfactorio.
Cuando hay una carga más pesada que la otra, digamos que reprimimos nuestros deseos porque nuestro superyo es enorme, viene la neurosis. O al menos así lo creía Freud y sobre esas teorías se desarrolló.
El problema es que mi superyó es monstruosamente grande y al ello nunca lo dejo salir a pasear, al menos no sobriamente. Tengo varios años suprimiendo todo y me ha traído no necesariamente neurosis (¿o si?) pero al menos sí una disconformidad.
Mi propósito es ser menos hipócrita. No con la gente, sino conmigo. Y dejar de contenerme tanto porque eso me va a matar.
Reprimo toda emoción, todo deseo, todo pensamiento, lo que lleva a un descontento y frustración inimaginables. Y cuando quieres dar marcha atrás de esa vida tan estricta que te has impuesto, es prácticamente imposible lograrlo como uno quisiera.
Debo dejar que la pasión se desborde un poco más, sin miedo. Que me arrastre el ello.